Atrapavidas.

Curiosamente, en este mundo de vulgaridades y estupideces, casi todos intentamos conseguir algo grande, sin darnos cuenta de que la vida se compone básicamente de cosas pequeñas. Cuando pienso en esto, me acuerdo de aquellos hermosos versos de Omar Khayyam, que dicen:

“Entre la fe y la incredulidad, un soplo. Entre la certeza y la duda, un soplo. Entre la certeza y la duda, un soplo. Alégrate en este soplo presente donde vives, pues la vida misma está en el soplo que pasa”.

Pues bien, aprovechando el “soplo que pasa”, os contaré esta historia:

Al hombre corriente se le escapaba la vida entre las manos. Iba, venía, acarreaba un lastre de imposibles y dormía en la ilusión del desencanto. El hombre corriente había intentado atrapar la vida con ahínco a lo largo de los años. Desde muy chico poseía un terco deseo por hacer, estar, “dejar oír su voz en el silencio de la eternidad”. Había estudiado mucho, había trabajado mucho, había enamorado mucho a mujeres que lo habían querido mucho, había amontonado mucho, capitales de mucho, posesiones en el mundo de lo mucho. Pero a pesar de todo, era un hombre corriente. Alguien, a fin de cuentas, incapaz de agarrar la vida. En algún momento concreto, el infeliz creyó haberla atrapado, pero no: cuando más contento estaba, siempre se le acababa escurriendo. Veía así que pasaba el tiempo, que los días se le acumulaban fatalmente entre los huesos, que cada articulación era saeteada sin remedio por las agujas del reloj.

Irritado, pero firme en su propósito de agarrar la vida de una vez, buscó ayuda en una floristería del centro en la que anunciaban la venta de unos estupendos “atrapavidas”. Entró en la tienda y le atendió una mujer normal que le vendió el cacharro a un precio razonable. El “atrapavidas”, para qué engañarnos, tenía forma de vulgar cazamariposas, con su palito y su redecita. Y cuando el hombre corriente intentó luego a atrapar la vida con él, ésta, que cómo todos sabemos tiene la facultad de hacerse pequeñita como pulga, se le escapó entre los agujeros diminutos de la red. Lo intentó durante días sin conseguirlo, hasta que desesperado y herido en su orgullo de consumidor, regresó a la tienda a reclamarle, a la mujer normal, la devolución de su dinero.

Allí se encontró a la mujer normal regando las rosas y, en vez que pedirle el reembolso, le preguntó por el cuidado de las flores para tenerlas tan lustrosas. Ella, con el ánimo florecido de respuestas, lo invitó a un café en la trastienda, donde continuaron amigablemente con la charla. Y a la conversación sobre flores le siguieron, días después, conversaciones sobre libros, canciones, famosos del celuloide y mutuas urgencias afectivas. A los segundos le nacieron pétalos en forma de minutos y toda la tienda olía a horas de pastaflora, a días de aquietadas experiencias. Y ahora es corriente y hasta normal, encontrarlos a los dos, sentados muy cerca cada día, mirando pasar las nubes, mientras que la vida, celosa, revolotea a su alrededor.

LUIS FORONDA, HISTORIAS DESDE LA ORILLA