Son los silencios de una mortalidad tangible. Dan más miedo que los gritos, que los escarnios públicos, que la marabunta social que muere y mata por su equipo de fútbol. Silencios sin cara, sin lágrimas. ¿Por qué hoy no nos echamos a la calle ni llenamos las redes con lápices ensangrentados de ira? ¿Qué diferencia hay entre las ciento cuarenta y pico muertes de ahora y la docena y media de hace unos meses?  Números. El objetivo para los asesinos era el mismo; hacerse oír.

Y no les hemos hecho caso con Kenia. O quizás se ha aprendido la lección y es mejor dejarles hacer sin difundir, no vaya a ser que se crean que son algo. La publicidad  es el arma perfecta para la destrucción masiva y el mejor hilo conductor para hacer que los locos se crean estrellas universales de verdades absolutas. O puede que sea cierto y sí que existan distancias en los mapas. Que un país africano, casi de otra galaxia, nos quede tan lejano que cuando llegan aquí las noticias sobre masacres de este tipo, pertrechadas por los mismos perturbados, ya vengan anestesiadas  de dolor y sangre. Los padres que ya no tienen hijos se quedan allí, pero se ven diminutos. Será que no entendemos sus alaridos de pena y rabia.

Silencios  insalubres mientras que los telediarios abren sus ediciones de mañana, tarde y noche con detalles escabrosos, hasta rozar la vergüenza ajena, de otras barbaridades con menos asesinados o análisis exhaustivos de los porqués de esto y aquello de los nuevos expertos en todo, como son los tertulianos de una Tele 5 cualquiera. Que escasa ha sido la revolución. He visto echarse las manos a la cabeza y cientos de miles de mensajes de horror ante imperdonables imágenes de destrucción del Patrimonio. Son docenas de jóvenes muertos, de muerte joven. 148 estudiantes, nueve veces más cantidad que en Francia. Cantidad, pero parece que no con la misma calidad.

Será todo por culpa de ese analfabetismo ilustrado y aborregado del que somos víctimas y cómplices…

KENIA