El pasado viernes se celebraba el Día Mundial del Teatro. Fiesta para aquellos que se dejan el corazón en las tablas de un viejo escenario (porque pocos teatros nuevos se construyen y encima mal) y de los que nos dejamos el alma intentando programar con más ilusión que medios, desgraciadamente. Jaén también es tierra de cómicos, faranduleros o muertos de hambre, como se atreven a pregonar los que ni saben ni entienden de las cosas de la vida.  Y hay mucha vida en nuestra provincia si hablamos de actores y actrices profesionales o aficionados, escritores o directores de teatro. Nombres propios que triunfan aquí y allá y cuyas dotes artísticas nacieron en pueblos pequeños, algunos sin espacio escénico, que ya es tener mérito.

Viajeros internacionales e incansables de mímica mínima y montajes mágicos como Ymedio Teatro, para mí una de las apuestas más interesantes y exportables de nuestra provincia. Chema del Barco, Mamen Camacho, Inma Cuesta, David Broncano, Rosario Pardo, Juan Antonio Molina o Santi Rodríguez, por citar solo algunos de los rostros más conocidos. Aunque también están esas  decenas  de compañías de aficionados que llenan sus horas libres disfrutando del noble arte de Talía; desde los Carátula de Villacarrillo, con más de treinta años de historia a sus espaldas, al Grupo de Teatro Maranatha de Úbeda del eterno Ramón Molina Navarrete o una de las compañías más antiguas de Andalucía, hoy ya desaparecida; Teatro Arena. Obreros incansables y tejedores de historias como Jesús Tíscar, Pedro Lendínez, Nono Granero, Nati Villar, Paco Pacolmo, José Carlos Latorre, Vicente Ruíz, Diego Marín, Juan Antonio Anguita, Tomás Afán, Mari Carmen Gámez…Les menciono porque con ellos he tenido el enorme placer de interactuar aunque todos sabemos que hay centenares de cómicos jiennenses repartidos por nuestra provincia y proyectados al mundo.

Esa es la parte visible, el contenido. Luego está ese lado oscuro, el que no se ve y que nos habla de teatros cerrados, de escenarios vacíos por la falta de programación regular. Una enfermedad que viene dada por el desinterés del concejal o concejala de Cultura de turno y cuyas miras “culturales” no alcanzan más allá de una feria. O la inmoralidad de construir nuevos teatros, porque en algo había que gastarse el dinero de las electoralistas subvenciones, sin preguntarse si instalaciones tan magnánimas son necesarias en pueblos tan pequeños y con un público escaso. Caudales públicos que si estuvieran mejor repartidos podrían permitirle, repetimos, a un pueblo pequeño disponer de un teatro digno, una biblioteca o un museo y todo a la vez. Ay viejo teatro que te ves solo por ser esclavo de unas manos privadas y de un Ayuntamiento que no se atreve a poner toda la carne en el asador para tu rescate y hacer que resucites. Pero bueno, nada ni nadie va a parar al revolucionario que se maquilla el corazón para salir a escena a contarnos una historia. Un equilibrio no perfecto en este apartado de la cultura municipal; más dramas que comedias.