¿WHATSAPP?, EN MIS AÑOS NO HABÍA NI TELÉFONO

Con esa frase le respondía un anciano a un niño cuando le preguntaba esta mañana, en la tradicional visita de los colegios a las residencias para acompañar a los mayores, que si conocía estas nuevas tecnologías.

Cada vez somos menos conscientes de la velocidad que nuestras vidas pueden llegar a marcar en nuestro cuentakilómetros particular, así cuando visitamos estos lugares, un remanso de paz, de olvido y sabiduría sobre andadores y fármacos, es cuando ese motor que durante muchos años anduvo trucado para evitar emisiones poco complacientes para la sociedad, se para, deja de pensar en el tiempo, en lo material, en todo lo mundano que nos hace sentir ese vértigo adolescente.

Así, pilotos sobre los unas vidas que ya no corren carreras vertiginosas, su fórmula uno se gripó hace tiempo, solo recuerdan la velocidad cuando enfermeras y cuidadores como si de un ejército se tratase, se preparan para servir la comida o atender sus necesidades médicas y fisiológicas.

Pobladores de paraísos de seis metros cuadrados, anidan en la soledad de sus habitaciones con la compañía de un transistor trucado y unas revistas que hace tiempo dejaron de ser útiles para el entretenimiento, dejaron de ser atractivas para esos ojos castigados por las inclemencias de la vida.

Desconocidos por muchos, adorados por otros y respetados por la mayoría, caminan sobre recuerdos en las mentes de sus seres queridos, en el solsticio de verano que llega de vez en cuando a las reuniones familiares donde preguntarse que fue de el, que recuerdos tan bonitos, que buenos ratos pasamos juntos… Es entonces cuando la cuidadora enciende la luz para la medicación y esos recuerdos familiares se diluyen como los fármacos que pueblan la mesita de noche.

El olvido se hace cada vez más duro, la carencia de sentimientos afianza una forma de vida que va perdiendo transistores, como su radio vieja, pierde fuerza, pierde vigor, se escapa sin remedio.

Hoy nuestros mayores son eso, la despensa donde guardar todo lo que nos gusta, lo que nos hace vivir y sobre todo, lo que un día necesitamos para existir. Capitanes de nuestras vidas durante décadas, echaron el ancla porque los grumetes se hicieron oficiales y se olvidaron de que el barco lleva su nombre, de que el mar sin ellos no es más que agua.

La soledad como el olvido, habitan entre nosotros, anudados al cuello como los recuerdos de quien queremos cuando nos falta.