Se marcha el invierno, de noche, con sigilo, escurriéndose por las ramas, por el cabecero, por la portilla, mientras una brizna de hierba se asoma al infinito. En la espesa oscuridad, ajenos al mal, duermen los pájaros, las ovejas, los pastores y las doncellas. El nido, el establo y la cama se llenan de sueños puros. La primavera llega y el mundo duerme. Sin embargo, a estas horas, el lobo ya husmea el aire y el tirano se desvela. El primer rayo de sol de la primavera ilumina la flor sobre la sábana.

Cuentan que el primer día de la primavera, la doncella salió de palacio con la flor en la mano. Era una flor muy valiosa, regada con agua plateada de rocíos inmaculados. Iba la doncella brincando por el campo cubierto de verdores, saltando arroyuelos, bebiendo los chorrillos de las fontanas, saludando manita en alto a los pájaros cantores, iba guiñando sus ojos hermosos al sol que a esa hora de la mañana ya se apretaba en sofocos por los canalillos vigorosos de la dama. Y así, de salto en salto, se encontró tras una loma a un pastorcico que dormitaba, tumbado a la sombra de un nogal, vigilando a las ovejas del lobo. Quedose la moza prendada del muchacho y lo fue a despertar. Turbado quedose también el mozo por la belleza de la doncella, le sonrió, le acarició luego las mejillas y levantándose se fueron a brincar juntos por el prado.  Después cayeron rodando ladera abajo y ladera arriba y ladera adentro y ladera afuera, en un gozo de cabriolas placenteras.

Durmieron juntos esa noche y a la amanecida regresó la doncella a palacio. El déspota padre entró en cólera al comprobar que la muchacha había perdido su tan preciada flor y tras azotarla, le ordenó que volviera al campo a recuperarla. Salió ella, dio de nuevo con el pastor y buscándola estuvieron ambos todo el día, entre los lamentos de la muchacha, convencida de que su padre le daría severo escarmiento si volvía con las manos vacías. Al atardecer, resignados y sin la flor, los mozos se despidieron y ella dirigió sus pasos encogidos en dirección a  palacio. Y así, demorando la llegada, se le hizo de noche, vino el lobo sigiloso y la devoró. Cuando el pastorcico encontró los restos de la doncella esparcidos en el suelo, buscó al lobo y lo mató a palos. Luego fue a palacio y, con el mismo palo, mató al padre de la doncella. Muertos tirano y lobo, el pastor, llorando, quemó el palo y envió a su ejército de ovejas mansas a conquistar el mundo.

Estos días, entre tanto aullido, entre tanto hocico de promesas, veréis pasar la mansedumbre de un ejército de ovejas y entonces os daréis cuenta de que por fin llegó la primavera.

Luis Foronda.